domingo, 16 de octubre de 2011

Indignación Global

Este 15 de octubre pasado, se llevó a cabo en 951 ciudades del mundo una de las jornadas de expresión social más grandes a nivel mundial. Dicha jornada tiene como antecedente una serie de protestas ocurridas el 15 de mayo del presente año en España, y cuyo objetivo es la de expresar su rechazo y disconformidad con el dominio predominante de las grandes corporaciones e instituciones financieras a nivel global, cuyos negocios han producido en los últimos años una de las más grandes, sino la mayor crisis mundial de nuestra historia, llevando casi a la bancarrota a países enteros y afectando en gran medida a otros, incrementándose los niveles de desempleo y en consecuencia impidiendo el acceso a la seguridad social, generando además desequilibrios sociales, medio ambientales y económicos, afectando a los que menos tienen y de paso, generando un alto riesgo para las generaciones futuras de nuestros propios países (debido a la degradación de nuestras tierras, nuestra agua y el crecimiento de la brecha entre los que más y menos tienen en términos económicos).

Siempre he pensado que los pueblos tienen un nivel de tolerancia extremadamente alto (algo parecido a una olla de presión), pero que cuando las condiciones del entorno y determinados actos se vuelven recurrentes con un alto grado de desaprobación o malestar popular, producen una sensación de hartazgo bastante elevado, generando en el pueblo reacciones como las ocurridas en nuestro país en 1992 (disolución del Congreso con aprobación mayoritaria del pueblo) y en el 2000 (la Marcha de los Cuatro Suyos en contra de un gobierno con evidentes muestras de corrupción y violación de los derechos humanos).

Ahora, el fenómeno de la globalización ha traído como consecuencia brechas sociales y económicas bastante amplias. Creo que el proceso de globalización ha traído un crecimiento bastante importante en Latinoamérica, pero no obstante ello, el nivel de pobreza no se ha reducido drásticamente, principalmente porque la globalización ha favorecido una mayor utilización de tecnología de punta, favoreciendo un menor uso de mano de obra técnica o profesional y en consecuencia mayores niveles de desempleo e ingresos bajos o muy bajos, que permiten sólo cubrir sus necesidades básicas. Asimismo, el nivel de exportaciones de productos tradicionales se ha visto incrementado, no obstante aún no logramos dar el salto a la transformación de materias primas que sería intensiva en mano de obra. Sumado a esto, nuestros países latinoamericanos no ejercen o se hacen de la “vista gorda” al momento de fiscalizar a las trasnacionales que explotan nuestros recursos y generan un impacto negativo en nuestro medio ambiente (solo fijémonos en las actuaciones de los sucesivos gobiernos de nuestro país, frente a las mineras formales e informales, en los últimos 20 años).

No obstante lo mencionado, no creo que la globalización como proceso esté mal, sin embargo promover la globalización como un proceso totalmente abierto sin ningún tipo de control de importaciones de productos subvaluados ni protección a la propia industria nacional, creo que es totalmente dañino, ya que ni los propios impulsores de este proceso (países desarrollados) en su aplicación más amplia, lo cumplen.

Por lo tanto, manifestaciones y protestas como las del 15 de Mayo y el 15 de Octubre no deberían sorprendernos, ya que si analizamos los países de nuestra región, la elección de gobiernos con tendencia socialista como Venezuela, Brasil, Nicaragua, Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Perú, representan una expresión popular de que el crecimiento advertido en nuestros países requiere de una mayor inclusión social (para que llegue a la mayoría), que no genere sólo apoyo ni creación de programas sociales (que de por sí son buenos para la población de extrema pobreza), sin embargo, si es necesario que promueva la generación de políticas a corto, mediano y largo plazo, con creación de un mayor nivel de empleo, que incentiven la promoción de industrias de productos terminados, que permitan el acceso a la salud, a infraestructura vial para la salida de la materia prima del interior del país, a incentivos para promover una mayor formalidad, implementación de una mayor participación pública-privada en beneficio del Estado, que implementen políticas claras y justas para la mitigación del impacto medio ambiental producidos por las mineras formales (con un compromiso serio de erradicación de la minería informal) y que el esquema de concesión de tierras otorgados por el Estado para la explotación de terceros sea revisado y mejorado.

Los indignados no hacen más que recurrir al derecho que tiene el pueblo (emanado de nuestras constituciones) de hacer sentir su voz (y su malestar), y creo que es el momento de escuchar la llamada de alerta.

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